
LOBEGOTT KONSTANTIN VON TISCHENDORF: EL CAZADOR DE MANUSCRITOS Y LA RECONSTRUCCIÓN DEL TEXTO BÍBLICO
DESCRIPCIÓN EXPOSITIVA DEL CAPÍTULO
En el presente estudio exhaustivo se desarrolla de manera lineal, rigurosa y detallada la vida, vocación, periplo itinerante y producción crítica de Lobegott Konstantin von Tischendorf, denominado con justicia el «cazador de manuscritos». Se analiza minuciosamente su nacimiento en Sajonia, la impronta materna en su nombre, su formación filológica en Leipzig bajo la tutela de Johann Gottfried Jakob Webbs, sus convicciones teológico-críticas respecto a las alteraciones sufridas por los textos apostólicos durante quince siglos de copia manual, el relato minucioso de sus tres expediciones de exploración al MONASTERIO DE SANTA CATALINA en el monte Sinaí, las incidencias de sus hallazgos en 1844, 1853 y 1859 para la recuperación del CÓDICE SINAÍTICO, sus intensas gestiones en Roma para acceder al CÓDICE VATICANO, su elevación a la nobleza rusa por el zar Alejandro II de Rusia, las polémicas metodológicas planteadas por eruditos como Frederick Henry Ambrose Scrivener, y la consumación de su obra cumbre: la OCTAVA EDICIÓN CRÍTICA DEL NUEVO TESTAMENTO.
ORIGEN, FORMACIÓN Y LA VOCACIÓN CRÍTICA EN LEIPZIG
Lobegott
Konstantin von Tischendorf, uno de los más eminentes críticos textuales de la
historia de la erudición bíblica, nació en la localidad de Langenfeld —situada
a unos 85 kilómetros al sur de Leipzig— el 18 de enero de 1815, y falleció en
la ciudad de Leipzig el 7 de diciembre de 1874. Su madre le otorgó el inusual
primer nombre de Lobegott, cuya traducción literal del alemán significa «adorar
a Dios» o «alaba a Dios», marcando con este gesto una impronta devocional que
más tarde el investigador traduciría en un compromiso científico y académico de
dimensiones monumentales.
Resulta
técnicamente imposible emprender cualquier estudio metodológico sobre la
historia de la transmisión de los manuscritos bíblicos sin hacer mención
central de Von Tischendorf. Aunque para la historiografía convencional su
trayectoria pueda parecer una cadena de coincidencias, para la crítica
documental fue predestinado a convertirse en el más importante descubridor de
manuscritos de las ESCRITURAS GRIEGAS y en uno de los más sobresalientes
estudiosos de las KADOSH ESCRITURAS.
A la
edad de diecinueve años, en 1834, Konstantin ingresó en la Universidad de
Leipzig, convirtiéndose en uno de los alumnos más aventajados del famoso
especialista en gramática del griego helenístico Johann Gottfried Jakob Webbs.
Fue precisamente este catedrático quien le expuso la posibilidad real de
reconstruir el texto de las ESCRITURAS GRIEGAS en su versión más cercana
y fiel a la original, basándose de manera rigurosa en el análisis comparativo
de los manuscritos griegos más antiguos existentes en las bibliotecas de Europa
y Oriente.
Sintiéndose
profundamente conmovido por esta perspectiva científica, en aquellos días de
juventud académica Konstantin le escribió una carta a su novia en la que
revelaba de forma transparente el propósito que dirigiría el resto de su vida,
indicando que se encontraba enfrentado a una misión sagrada en la lucha por
recuperar la forma original del Nuevo Testamento. Posteriormente, al consolidar
sus metas académicas, el erudito ratificó su firme determinación al manifestar
que en 1839 había decidido dedicarse al análisis de los textos del Nuevo
Testamento, usando todos los hallazgos de los tres últimos siglos, para
reconstruir el texto exacto como fue escrito por los redactores sagrados.
Su
ensayo inaugural De recensionibus quas dicunt Ni. Ti. ratione potissimum
habita Scholzii apareció en 1841 como prolegómeno a su primera edición del Novum
Testamentum Graece (Leipzig, 1841). Al preparar esta edición inicial,
Tischendorf cobró plena conciencia de la necesidad imperiosa de emprender una
nueva y sistemática investigación de primera mano de los manuscritos griegos y
de otras fuentes textuales directas dispersas en el mundo.
EL DIAGNÓSTICO TEXTUAL Y EL PROPÓSITO DE LAS
EXPEDICIONES
En su
célebre tratado argumentativo titulado ¿Cuándo fueron escritos nuestros
Evangelios?, Tischendorf expuso el diagnóstico crítico que justificaba la
urgencia de su empresa exploratoria, señalando que se había punches establecido
sin ninguna duda que el texto original de los escritos de los apóstoles,
copiado y multiplicado durante quince siglos ya sea en griego o en latín, había
sufrido en muchos pasajes modificaciones de significado tan serias como para
dejar a la erudición en una dolorosa incertidumbre sobre lo que realmente se
escribió en el origen.
Movido
por la urgencia de resolver esa dolorosa incertidumbre, Tischendorf inició una
serie de viajes de exploración científica por Egipto, el desierto del Sinaí,
Palestina, el Cercano Oriente, Italia, Viena y Múnich. En todas estas regiones
examinó meticulosamente las colecciones de bibliotecas monasteriales y
estatales, descubriendo, cotejando y reuniendo tesoros de manuscritos bíblicos
desconocidos hasta entonces redactados en griego, árabe, copto, hebreo, etíope
y otras lenguas orientales, muchos de los cuales logró adquirir para los fondos
de Europa.
Durante
estas largas travesías fue imposible estimar con exactitud la cifra total de
manuscritos que se inspeccionaron. Entre los volúmenes más ilustres que analizó
directamente en Occidente figuran el Codex Amiatinus (el testimonio más
antiguo y completo de la VULGATA LATINA de Jerónimo) en Florencia, y el Codex
Vaticanus en Roma. El testimonio pormenorizado de estos periplos quedó
registrado en su obra en dos volúmenes Reise in den Orient (Leipzig,
1845), mientras que la descripción técnica de las piezas documentales
adquiridas fue publicada en su trabajo Anecdota Sacra et Profana (1855).
Sin
embargo, el logro supremo de toda su carrera fue el descubrimiento del
manuscrito bíblico completo más antiguo que se conserva hasta el presente: el
famoso CÓDICE SINAÍTICO (Codex Sinaiticus).
EL PRIMER VIAJE A ORIENTE Y EL HALLAZGO INICIAL EN
EL SINAÍ
Tischendorf
comenzó un extenso viaje en abril de 1844 rumbo al Medio Oriente. En sus
memorias personales, el investigador recordaba con conmoción la expectativa con
la que inició aquella empresa, relatando que el deseo de descubrir algunos
preciados restos de manuscritos bíblicos de una antigüedad que remontara a los
primeros años de la creencia se había hecho realidad más allá de sus
expectativas. El escenario de su histórico descubrimiento tuvo lugar en la
península arábiga, especificando que fue a los pies del monte Sinaí, en el
convento de Santa Catalina, donde descubrió la perla de todas sus
investigaciones.
Al
visitar la biblioteca del MONASTERIO DE SANTA CATALINA en mayo de 1844,
percibió en el centro de una gran sala una larga y ancha canasta llena de
viejos pergaminos. El bibliotecario del convento, refiriéndose de forma
cotidiana a aquellos papeles, le informó a Tischendorf que dos montones de
pergaminos descompuestos por el paso del tiempo como los que estaba viendo ya
habían sido arrojados al fuego para alimentar las estufas del monasterio.
Con
enorme sorpresa, al remover aquel montón de documentos destinados a la basura,
Tischendorf halló una cantidad considerable de páginas de una copia del TANAJ
en lengua griega (SEPTUAGINTA), la cual, a su juicio experto, figuraba
entre las más antiguas que jamás hubiese contemplado.
El
investigador logró obtener el permiso de los monjes para llevarse consigo una
tercera parte de los pergaminos recuperados de la cesta, sumando un total de 43
folios. Asimismo, les rogó enfáticamente a las autoridades del convento que
guardaran con extremo cuidado las otras dos terceras partes restantes de
pergaminos que había examinado en ese mismo grupo, encomendándoles proteger de
la destrucción cualquier otro fragmento que pudiera caer en sus manos en el
futuro.
Al
regresar a Europa, Tischendorf decidió mantener en absoluto secreto el lugar
geográfico exacto donde había realizado el hallazgo, pues planeaba retornar tan
pronto como fuera posible para rescatar los pergaminos que se había visto
obligado a abandonar de forma temporal. Publicó los folios obtenidos en 1846
bajo el título honorífico de Codex Friderico-Augustanus, en
reconocimiento a su mecenas, el rey Federico Augusto II de Sajonia.
EL SEGUNDO VIAJE AL SINAÍ
Nueve
años después del primer descubrimiento, Tischendorf emprendió un segundo viaje
oriental en enero de 1853. Volvió al convento de Santa Catalina con la
intención primordial de transcribir y copiar los pergaminos del TANAJ en
formato ROLLO o libro que había dejado bajo resguardo en 1844, pero al
llegar no logró encontrarlos por ninguna parte.
Durante
la búsqueda en los rincones del monasterio, halló escondido dentro de un rollo
de papeles un pequeño fragmento de pergamino escrito por ambos lados que
contenía apenas once líneas del libro de Bereshit. Este hallazgo convenció al
investigador de que los pergaminos que tanto buscaba ya habían sido destruidos
por el fuego o habían sido trasladados clandestinamente a Europa, probablemente
vendidos a coleccionistas de Inglaterra.
Aunque
no pudo recuperar el grueso del manuscrito bíblico en esa oportunidad,
Tischendorf no retornó con las manos vacías: regresó a Europa llevando consigo
16 PALIMPSESTOS (manuscritos cuyo texto arcaico había sido rascado para
reescribir encima), algunos de considerable extensión, diversos manuscritos
unciales griegos y una serie de valiosos fragmentos de PAPIRO en varias
lenguas orientales. Todos estos tesoros fueron reseñados en su obra Anecdota
Sacra et Profana, y la mayor parte de ellos fueron depositados
posteriormente en San Petersburgo y publicados formalmente en su colección Monumenta
sacra inedita. Nova collectio.
EL TERCER VIAJE ORIENTAL Y EL HALLAZGO DEL CÓDICE
SINAÍTICO
En enero
de 1859, Tischendorf emprendió su tercer viaje oriental, esta vez bajo los
auspicios del gobierno imperial ruso y financiado directamente por el zar
Alejandro II de Rusia.
Tras
varios días de infructuosa e intensa investigación en la biblioteca del
convento del Sinaí, cuando estaba a punto de desistir y dar por terminada la
expedición, en la tarde del 4 de febrero de 1859, regresó al monasterio a los
pies del monte Sinaí. En esta ocasión, gracias al patrocinio oficial del zar
ruso —quien ostentaba la máxima autoridad protectora sobre la iglesia
ortodoxa—, los monjes se mostraron notablemente más abiertos y dispuestos a
colaborar.
A pesar
de la buena disposición, Tischendorf pasó varios días buscando el preciado
manuscrito sin obtener éxito alguno. Llegada la víspera de su partida
definitiva hacia El Cairo, cuando ya había ordenado a los beduinos que
prepararan las caravanas de camellos, ocurrió el evento extraordinario.
Aquella
tarde, el investigador caminaba por los alrededores con el administrador del
convento, y mientras regresaban al monasterio hacia la hora del ocaso, el monje
le invitó a tomar un refresco en su celda personal. Apenas entraron en la
habitación, el administrador retomó la conversación sobre estudios bíblicos y
comentó casualmente que él también poseía una copia de la SEPTUAGINTA.
Diciendo
esto, el monje tomó de la esquina del cuarto un volumen grueso envuelto en una
cubierta de tela roja y lo puso frente a Tischendorf. Cuando el investigador
retiró la tela, descubrió con asombro inenarrable no solo los fragmentos del TANAJ
que quince años atrás había rescatado de la canasta de basura, sino también
otras secciones faltantes, la BESORAH y las ESCRITURAS GRIEGAS
por completo en letras unciales, la Epístola de Bernabé y fragmentos del Pastor
de Hermas.
Leno de
una alegría inmensa —que en ese momento tuvo que disimular ante el
administrador y los miembros de la comunidad monástica—, Tischendorf pidió con
aparente indiferencia si podía llevarse el manuscrito a su habitación para
leerlo con más detenimiento. Una vez a solas en su cuarto, pudo dar rienda
suelta a la emoción, consciente del valor incalculable del hallazgo. Sabía con
certeza absoluta que tenía en sus manos el más preciado tesoro bíblico
existente en el mundo, un documento cuya antigüedad e importancia crítica
excedían a las de todos los manuscritos que había examinado pacientemente
durante más de veinte años de estudio ininterrumpido.
Tischendorf
trasladó el manuscrito a su mesa de trabajo y pasó toda la noche en vela
leyendo y transcribiendo el texto. En su diario personal, el cual redactaba en
lengua latina, dejó escrita la célebre frase Quippe dormire nefas videbatur,
la cual traducía la convicción de que verdaderamente parecía un sacrilegio
quedarse dormido.
A la
mañana siguiente, Konstantin solicitó el permiso para llevarse el manuscrito a
El Cairo para copiarlo, pero los monjes no accedieron en un primer momento, ya
que el Padre Superior del monasterio había partido hacia El Cairo dos días
antes y era únicamente él quien poseía la autoridad legal para otorgar
semejante concesión.
Sin
perder un solo instante, Tischendorf partió inmediatamente con su caravana de
camellos atravesando el desierto hacia El Cairo, donde logró dar alcance al
Padre Superior y obtener su autorización por escrito. El Superior envió de
inmediato a un beduino a lomo de camello desde El Cairo de vuelta al monasterio
del Sinaí para recoger el volumen y trasladarlo a la capital egipcia.
No fue
sino hasta el 24 de febrero de 1859 que Tischendorf recibió el manuscrito en El
Cairo, junto con un gran número de otros documentos antiguos, entre los cuales
figuraban 12 PALIMPSESTOS, 20 unciales griegos, ocho manuscritos
minúsculos y numerosas piezas orientales. Dedicó los siguientes dos años y
medio de su vida a la preparación editorial para la publicación de esta obra
maestra, a la cual decidió bautizar con el nombre de CÓDICE SINAÍTICO (Codex
Sinaiticus), emprendiendo la titánica tarea de copiar a mano sus más de
cien mil líneas de texto griego.
LAS INVESTIGACIONES EN ROMA Y EL CÓDICE VATICANO
A la par
de sus expediciones por Oriente, Tischendorf dirigió su atención hacia la
Biblioteca Vaticana en Roma para cotejar el otro gran pilar de la CRÍTICA
TEXTUAL: el CÓDICE VATICANO (Codex Vaticanus).
En
febrero de 1842 viajó a Roma, donde pasó cuatro meses de los trece que duró su
estancia total en Italia. A pesar de llevar cartas de recomendación emitidas
por las fuentes académicas y diplomáticas más eminentes, únicamente se le
permitieron seis horas en total para investigar directamente el Codex
Vaticanus. Esta severa restricción obedeció a la férrea oposición del
cardenal Angelo Mai, quien se encontraba preparando su propia edición oficial
del manuscrito y no deseaba que un erudito externo se le adelantara en el
análisis del texto. No obstante, la brevedad del tiempo concedido, Tischendorf
supo sacar un provecho extraordinario de esas seis horas, verificando lecturas
críticas esenciales.
Años más
tarde, en 1866, tras el impacto de sus descubrimientos en el Sinaí y tras haber
esperado pacientemente durante meses en Roma, logró la autorización para
comparar durante varias sesiones el Codex Vaticanus con la edición
previa publicada por Mai. Aunque no pudo publicar de inmediato una edición
íntegra, aprovechó su estancia para preparar otros trabajos de enorme
relevancia filológica: Apocalypses Apocryphae (1866), Philonis Judaei
inedita altera (1868) y The New Testament (1869), una versión autorizada
en lengua inglesa que incorporaba en notas al pie las variaciones textuales del
Codex Sinaiticus, del Codex Vaticanus y del Codex Alexandrinus.
ELEVACIÓN A LA NOBLEZA, DESTINO DEL CÓDICE Y DEBATE
CRÍTICO
En 1869,
en reconocimiento a sus aportes a la ciencia y a la preservación textual, el
emperador Alejandro II de Rusia le otorgó el rango hereditario de noble ruso,
convirtiendo su nombre en Konstantin von Tischendorf.
El
manuscrito original del CÓDICE SINAÍTICO fue otorgado por la comunidad
del Sinaí a la Biblioteca Imperial de San Petersburgo en agradecimiento al
patrocinio del zar. Décadas más tarde, en 1933, el gobierno soviético vendió
este tesoro bíblico al Museo Británico por la suma de cien mil libras esterlinas.
En la actualidad, la mayor parte del CÓDICE SINAÍTICO se conserva y
exhibe públicamente en la British Library en Londres.
EL DEBATE METODOLÓGICO Y SUS OPONENTES
La
ingente obra crítica de Tischendorf no estuvo libre de controversias en el
ámbito académico. Los oponentes de sus decisiones editoriales le censuraron el
haberse apartado de forma de la SEPTUAGINTA y del TEXTUS RECEPTUS.
El
erudito británico Frederick Henry Ambrose Scrivener afirmó en sus escritos
críticos que Tischendorf había alterado su propia restitución del texto griego
en 3,369 lugares específicos entre sus distintas ediciones, calificando estas
fluctuaciones como un escándalo para la ciencia de la crítica comparativa.
Sin
embargo, frente a las objeciones de Scrivener, la historiografía textual ha
demostrado que, tras la edición de la SEPTUAGINTA y el hallazgo del
Sinaítico, el investigador se había familiarizado de manera tan profunda no
solo con el Sinaiticus y el Vaticanus, sino también con cientos
de manuscritos secundarios, versiones antiguas y citas de los padres de la
iglesia. Esto le permitió proponerse determinar el texto sagrado basándose
exclusivamente en los resultados materiales de las pruebas de los testigos
documentales, eliminando prejuicios teológicos.
Aunque
en diversos pasajes pudo haber seguido la evidencia del Codex Sinaiticus
más de lo apropiado debido a la fascinación por su propio descubrimiento, la
extraordinaria correspondencia de su texto final con los trabajos
independientes desarrollados por Samuel Prideaux Tregelles, Brooke Foss
Westcott y Fenton John Anthony Hort —autores cuyos ensayos principales eran
desconocidos para Tischendorf durante la recensión de su octava edición—
demuestra que el resultado general de su labor fue revolucionario para la
ciencia de las ESCRITURAS GRIEGAS.
LA OCTAVA EDICIÓN CRÍTICA Y EL LEGADO PERMANENTE
La obra
maestra indiscutible de Tischendorf fue su OCTAVA EDICIÓN CRÍTICA DEL NUEVO
TESTAMENTO (Novum Testamentum Graece, Editio Octava Critica Maior),
en la cual volcó todo el peso de su erudición para acercarse al texto original
escrito por los autores apostólicos, analizando, cotejando y ponderando los
manuscritos más antiguos existentes en el mundo para su época.
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SHALOM A TODOS
ATENTAMENTE RICARDO ANDRES PARRA RUBI
MALKIYEL BEN ABRAHAM


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